La historia de Europa y de los estados que la integran, es apasionante. Se ha escrito mucho sobre si hoy existe o no una conciencia europea. Hay que citar tres grandes épocas de unión política europea y siempre con factores comunes culturales: Roma, Carlomagno y la Unión Europea.
Durante la Edad Antigua, en Europa existieron un conjunto de tribus y ciudades estado que fueron unificadas por el Imperio Romano y culturizados con un sustrato común grecorromano. Cuando Roma perdió su poder se disgregaron los territorios europeos, según fronteras naturales, bajo distintos “jefes” independientes que guerreaban para conquistar o defender su territorio; a su vez fueron creándose rasgos propios en cada reino. Sin embargo, los intentos de preservar la unidad e identidad fueron continuos y la religión cristiana fue factor activo en esta tarea.
Carlomagno fue una figura esencial para el resurgimiento de la identidad europea. Extendió su poder con las armas por la mayor parte de Europa Central, Italia, y el norte de la península Ibérica, donde se había establecido la llamada Marca Hispánica, frontera entre Al-Ándalus y el Imperio Carolingio. El día de Navidad del año 800 Carlomagno, rey de los francos, fue coronado en Roma emperador por el Papa León III. Recibió el encargo de protección del cristianismo y el título de emperador le dio prestigio para consolidar su poder político en el corazón de Europa, con el latín como lengua común.
La unidad política que logró Carlomagno fue efímera, pues sus tres nietos, tras guerras fraticidas, partieron la “herencia” con criterios patrimoniales que, mucho más tarde, ya en los siglos XV y XVI, fueron reunificándose configurando estados soberanos. Los estados-nación impulsaron la homogeneidad cultural dentro de sus fronteras como mecanismo defensivo frente al “otro”, lo que otorgaba a los reyes una garantía de independencia externa y de fidelidad interna. Así pues, durante la edad media y moderna, más de 10 siglos, los pueblos de Europa han vivido inmersos en un complejo mapa repleto de fronteras, idiomas, aranceles, y guerras; guerras de religión, de conquista de territorios, de sucesión familiar; guerras, todas ellas, por el poder… Y esas marcadas divisiones políticas, han contribuido a conformar una serie de culturas que pretendían tener su propia identidad para justificar las divisiones. La Revolución Francesa y las guerras napoleónicas dieron nombre y realidad a los nacionalismos, auténtica arma defensiva y ofensiva de los estados europeos durante los siglos XIX y XX.
El empacho nacionalista de los estados europeos terminó en las dos guerras mundiales de 1.914 y 1939. Tras tanta destrucción y fracaso político, se consolidó en Europa el deseo de paz y renació la conciencia de necesidad de integración mediante la adopción de pasos concretos económicos que crearan nuevos vínculos de interés entre los estados, para evitar ulteriores destrucciones. La Comunidad Económica Europea nació en 1956, sólo con 6 estados, que firmaron el Tratado de Roma, con los fines de integración económica, la creación de un gran mercado único y la organización de instituciones comunes capaces de buscar soluciones fiscales. La actividad de las instituciones comunitarias fue un éxito al que se incorporaron nuevos estados. Luego descubrió la Comunidad Económica Europea que para avanzar en la integración política y ser auténtica Unión Europea, era fundamental el factor cultural. Toda buena construcción requiere buen cemento… y para crear unos Estados Unidos de Europa se requiere conocimiento y confianza entre los estados integrantes de la futura federación. Jean Monnet reconoció que ojala hubiese comenzado el proceso de integración a través de la cultura, y no de la economía.
Hoy existen en la Unión Europea iniciativas de integración cultural que tratan de fomentar el conocimiento entre los distintos pueblos de Europa generando o, mejor, intensificando, un sustrato común europeísta: no se trata de sustituir las culturas propias de los 27 estados miembros, sino sumarles el factor adicional europeo, en libertad y respeto.
Posiblemente el programa más destacado desarrollado por la Unión Europea sea ERASMUS, que ha facilitado desde su creación en 1987 la movilidad entre universidades europeas de casi 3 millones de estudiantes; también el cine, la literatura, los medios de comunicación, y, por supuesto, la educación, son objeto de políticas europeas.
Otro ejemplo concreto de cómo aproximar las sociedades y los ciudadanos europeos es el Premio Juvenil Europeo Carlomagno, cuyo objetivo es fomentar el entendimiento, promover el desarrollo de un sentido compartido de identidad europea, y ofrecer ejemplos prácticos de europeos conviviendo como una sola comunidad. El premio de 2013 lo ha recibido el proyecto español Europe on Track (Europa en el buen camino), que busca que los jóvenes europeos puedan compartir su visión de Europa y buscar soluciones a sus problemas, como el apabullante paro juvenil. Juventud, sostenibilidad, y emprendedores son los temas de esta iniciativa basada sobre las redes sociales. ¡Esperemos que encuentren respuestas y promuevan su aplicación!
CONCLUSIÓN
Los ciudadanos de Europa configuramos una sociedad abierta y es evidente que están superados los nacionalismos “tradicionales” o estatales de Europa; en cambio, se aprecia un resurgir de los nacionalismos regionales que actúan como freno a la integración de las personas porque imponen, obligan a otros a asumir sus rasgos. Son movimientos catetos, reaccionarios, cerrados, ensimismados por la voluntad de ciertas elites excluyentes a las que interesa disciplinar y uniformar a la gente, para alcanzar el máximo poder en su región. Estos nacionalismos utilizan la cultura, la educación y la lengua como arma, con imposiciones sobre otros conciudadanos, pero es mejor seguir los pasos integradores europeos, abiertos al futuro, conviviendo en libertad y sin dogmas, como dicen los jóvenes españoles premiados.