Un artículo de Fernando García de Cortázar en ABC

En defensa de Occidente

En estas semanas de espanto, Occidente parece haber cruzado la línea de sombra que protege su singularidad. Desde el otro lado del espejo, el mundo en el que las cosas se conciben de modo inverso a los imperativos de nuestra moral ha irrumpido en nuestras calles. Nuestra existencia ha sido oscurecida por el interruptor que siempre tienen a mano los adversarios de la civilización occidental.Nuestro pavor lo han provocado quienes, en sus gritos de guerra y  crimen, dicen no temer a nada ni a nadie, pero que solo son miserables instrumentos de una ideología fanática, sustentada en la desesperación terrenal y la voluntad sumisa. A otros corresponderá fijar las condiciones de seguridad física de nuestra comunidad. Es uno de los derechos que ha de garantizar el Estado; un bien común al que deben someterse las pintorescas reticencias de los equidistantes de turno, fatuamente  abrumados por la escalada del  autoritarismo y la vulneración de las garantías cívicas. Y que responden, más bien, a esa estúpida debilidad de carácter, a ese blandengue destino que nos obliga a repetir la historia, o a esa pura y simple ignorancia de lo que toda civilización ha hecho consigo misma: defender su vigencia histórica.

[…]

Hoy se nos exige, firmemente, que salgamos en defensa de lo que Occidente aún significa como referencia de civilización. Porque, bajo las petulantes exhibiciones de cosmopolitismo nunca encontramos ni la dimensión universalista, ni la voluntad de aprendizaje, ni la apertura a lo foráneo que durante siglos nos han caracterizado. Lo que sobresale, por el contrario, en ellas, es la enfermiza predisposición a desdeñar los fundamentos en los que se sostiene nuestra generosa mirada al mundo, en los que se alimenta nuestra permanente voluntad de hacer de cada individuo del planeta una persona equivalente a todas las demás. Nuestra singularidad, aquello que nos ha distinguido de las distintas culturas, a lo largo de los siglos, es esa contemplación del conjunto de la humanidad como algo que nos concierne, que forma parte de un gran diseño universal. Nuestra peculiaridad  consiste en no habernos encerrado en la confortable exaltación de nuestro solitario perfil moral, sino en convertirlo en plataforma de liberación, camino de dignidad y mensaje de esperanza.

Otros han creído que debíamos abandonar todo concepto de civilización o promover que el encuentro entre diversas culturas se hiciera igualándolas y atribuyéndoles análogo protagonismo en el crecimiento y perfección  de la persona. Que ese encuentro se realizara borrando lo que nos diferencia y resaltando, en un apocado mínimo común denominador ético, lo que nos hace idénticos. Que la conciliación de las sociedades posmodernas solo podría basarse en la quiebra de cada una de sus identidades, para encontrar en el ensamblaje de un apresurado multiculturalismo la perfecta confusión entre convivencia ciudadana y promiscuidad cultural. Lo que se ha logrado, en definitiva, no es el producto de una sana apertura a quienes comprenden la vida de otro modo y disponen de un  linaje propio de acontecimientos y tradiciones. Antes al contrario, estamos al límite de nuestra resistencia, de nuestra cohesión cultural, de la conciencia de nuestra identidad. Se ha confundido la convivencia con la homogeneidad y, lo que es más grave, ha llegado a considerarse que un proceso de influencia mutua acabaría por eliminar nuestras diferencias. El relativismo atroz de una élite de ignorantes y despreocupados ha hecho que la nuestra sea  la única civilización que se ha considerado materia  de desguace, mientras cualquier forma de identidad alternativa pasaba a convertirse en objeto de veneración, exenta de los de recortes culturales que aquí se han practicado.

La cosecha sangrienta de estos días debería llevar a poner punto final al estado de mendicidad cultural en que Occidente ha ido cayendo a lo largo de las últimas décadas. Somos herederos de una dilatada trayectoria que levantó, en siglos de progreso material y depuración espiritual, una idea del hombre y un concepto de la vida en comunidad. Cuando hablamos de la civilización cristiana no nos referimos a un espacio dogmático, que queda para aquellos que disponen de su fe, sino a un sistema de creencias sociales, principios arraigados en los orígenes de nuestro mundo, valores que iluminan nuestras decisiones. Cierto es que la nuestra no ha sido una sociedad cerrada al conocimiento de otras maneras de entender la vida. Pero pongamos las cosas en su sitio. ¿Qué es exactamente, sin alusiones genéricas ni engreído paternalismo, lo que esta civilización debe a las que se reclaman como iguales? ¿En qué aspecto concreto, que se refiera a asuntos esenciales de nuestra visión de los derechos de la persona, de su proyección social, del orden legítimo, de la búsqueda del bien común, hemos dependido de una  catequesis exterior? Seguimos preguntando en espera de respuestas precisas. ¿En qué terreno sustancial de nuestra experiencia humana somos lo que somos gracias a la  labor de quienes se han formado en civilizaciones ajenas a la nuestra?

Lo que no debemos confundir es nuestra convivencia cordial entre vecinos de otras creencias con la abolición de lo que somos como depositarios de una compleja trama cultural, que no nos equipara ni nos iguala sino que nos hace valerosamente diferentes, solidariamente distintos. Y, además y lo creo con firmeza, superiores en nuestra forma de vida material y espiritual. De no ser así, habríamos escogido, por supuesto, otra manera de constituir y organizar nuestra civilización, un medio más liberador de nuestra vida, un mejor camino de perfección y preparación para nuestra plenitud personal. No lo hemos hecho, y es evidente que no ha sido ni por simple pereza ni por el ciego fervor de la costumbre. No lo hemos hecho porque, somos conscientes de esa diferencia, de esa superioridad de nuestra civilización, de ese destino que nos obliga a preservar lo que somos. Entre otras cosas, para que el mundo entero contenga en nosotros lo que quiere llegar a ser como proyecto universal.

Fernando García de Cortázar,  Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto (ABC)


Artículo original publicado en ABC el 25/11/2015

Artículo completo en Navarra Información

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