«Ningún trabajo de este curso puede contener ningún tipo de plagio». «Si un trabajo contuviera en algún punto un caso flagrante y claro de plagio, eso sería suficiente para que el estudiante suspendiera esta asignatura, con independencia de otros méritos que pueda tener el trabajo, o las puntuaciones obtenidas en otros aspectos del curso». De esta forma tan explícita advertía en el curso 2017-2018 la Universidad de Barcelona (UB) a los alumnos de la Facultad de Filosofía, en la que el catedrático Manuel Cruz impartió clases hasta el año 2016, que iban a realizar su Trabajo de Final de Grado (TFG), una especie de tesina que tiene una carga de seis créditos y que es dirigida por un tutor y evaluada por varios profesores del centro.
En el trabajo, los alumnos eligen un tema de los que han trabajado durante el grado y demuestran, tanto de forma escrita como oral, su capacidad y habilidades para exponerlo. En la guía en la que se define la estructura del Trabajo de Fin de Grado y la forma en que se evalúa, las autoridades académicas advierten a los evaluados los riesgos de incurrir en plagio. Lo hacen en un extenso apartado titulado «Originalidad y plagio».
Tras definir en qué consiste esta mala praxis y los diferentes grados que existen, los autores del documento recuerdan a los examinados que «la honestidad intelectual, de la cual evitar cualquier tipo de plagio es un aspecto, es un valor que esta asignatura quiere ayudar a transmitir y promover». Con esta advertencia los responsables del TFG quieren, según reconocen en el texto, «ayudar al estudiante a interiorizar que el plagio, en cualquiera de sus formas, es absolutamente inaceptable». Una máxima que pretenden inculcar al alumnado como base para que puedan desarrollar una carrera académica y profesional de prestigio en un futuro y que, sin embargo, incumplen algunos catedráticos como Cruz, que durante años dio clases en la […]
Un artículo de Esther Armora publicado en ABC el 11 de septiembre de 2019