Conferencia íntegra impartida por D. Juan Díez-Nicolás el pasado 11 de junio de 2015, en la que analiza el nuevo panorama de los partidos políticos españoles.
1. Antecedentes
Los antecedentes inmediatos que conjuntamente ayudan a comprender por qué se han producido los resultados electorales de todos conocidos son: 1) la necesidad que el gobierno del PP nacido de las urnas de noviembre del 2011 tuvo de adoptar medidas muy impopulares para salir de la crisis económica heredada del anterior gobierno del PSOE; 2) la creciente crítica de la sociedad por las continuas noticias sobre corrupción en los partidos políticos, que llevó a un desprestigio generalizado y muy agudo de todas las instituciones políticas, excepto las Fuerzas Armadas, que se han convertido en la institución mejor valorada; 3) el caldo de cultivo provocado por ese malestar económico y político y por la falta de respuesta adecuada de los partidos políticos, que sugería la posibilidad de que apareciese algún líder/partido populista de izquierda o derecha que, como el flautista de Hamelin, pudiera arrastrar a una gran parte de ese electorado frustrado y descontento; 4) los resultados de las elecciones europeas de mayo de 2014, que confirmaron plenamente ese pronóstico, con la aparición espectacular de un partido populista de izquierda, Podemos, muy respaldado por un canal de televisión privado y de ámbito nacional, que no solo logró unos resultados no pronosticados por las encuestas publicadas, sino que condujo al peor resultado del PP y del PSOE en toda la historia electoral desde 1977. En efecto, las elecciones europeas solo lograron una participación del 46% del censo electoral, solo algo superior a la de las elecciones europeas de 2004 y de 2009, y a la del referéndum sobre la Constitución Europea de 2005. La participación en todos los demás eventos electorales desde 1976 ha sido siempre superior al 60%. El hundimiento del PP y del PSOE quedó de manifiesto porque solo tuvieron el respaldo de un 11% y un 10% del electorado respectivamente, los peores resultados de ambos partidos de toda la historia electoral. Podemos se convirtió en el cuarto partido, detrás de Izquierda Plural, y logró 5 eurodiputados, mientras que el otro partido emergente, Ciudadanos, lograba un octavo puesto y 2 eurodiputados, debido al retraso con el que decidió presentarse a estas elecciones.
La combinación de estos cuatro factores, y posiblemente de algunos otros de menor importancia relativa, conformó un clima político antes de las elecciones autonómicas y locales de mayo de 2015 que puede resumirse así: 1) expectativas de una mayor participación electoral por la presencia de nuevas formaciones políticas como Podemos y Ciudadanos; 2) altas expectativas de respaldo electoral para Podemos y, en menor medida, también para Ciudadanos, consecuencia de sus resultados en las elecciones europeas y de la atención recibida en los medios de comunicación, especialmente el respaldo continuado de un canal privado de ámbito nacional a Podemos; 3) por el contrario, bajas expectativas de voto para los partidos tradicionales, PP y PSOE, permanentemente afectados por nuevos o viejos casos de corrupción, y bajas expectativas también para IU y UPyD.
El gobierno del PP no lograba remontar porque los escasos datos de recuperación económica no eran suficientemente significativos como para tener un gran impacto sobre el voto, y porque posiblemente no supieron comunicar sus logros en ese ámbito a la ciudadanía, y el PSOE tampoco lograba remontar por las divisiones internas sobre el liderazgo en el partido entre Pedro Sánchez y Susana Díaz, que le impedían mostrar un programa claro y coherente. No obstante, y a pesar de que las encuestas publicadas en gran medida pronosticaban un avance arrollador de los nuevos partidos emergentes, Podemos y Ciudadanos, y el correspondiente hundimiento de los partidos tradicionales, PP, PSOE, IU y UPyD, nosotros sugeríamos que el voto a los emergentes sería algo inferior a esos pronósticos, mientras que el voto a PP y PSOE podría ser algo superior a sus pronósticos, aunque muy por debajo de sus resultados en anteriores elecciones. El panorama que se pronosticaba era por tanto el de un nuevo diseño de cuatro partidos nacionales, y un cierto final del bipartidismo emanado de la transición política y de la vigente Ley Electoral, que premia precisamente al bipartidismo.
2. Resultados
No parece necesario detenerse mucho en el análisis de los resultados, puesto que han sido exhaustivamente comentados en toda clase de medios de comunicación y redes sociales. Solo indicaremos los hechos fundamentales, por su importancia para las consecuencias que de ellos se derivan, en especial por su importancia para la formación de gobiernos estables.
En primer lugar, la participación, 65%, es la habitual en elecciones municipales, algo inferior siempre a las elecciones legislativas generales. Por tanto, puede calificarse de una participación normal.
Las elecciones autonómicas en 13 Comunidades pusieron de manifiesto que el PP fue el partido más votado en nueve de ellas (Aragón, Baleares, Cantabria, Castilla La-Mancha, Castilla-León, Madrid, Murcia, La Rioja y Comunidad Valenciana), pero en ninguna por mayoría absoluta, lo que implica tener que llegar a acuerdos con otros partidos para poder gobernar. El PSOE fue el partido más votado solo en Asturias y Extremadura, sin mayoría absoluta. Y en las otras dos Comunidades el partido más votado fue el nacionalista, CC-PNC en Canarias y UPN en Navarra. Además, debe señalarse que el PSOE fue el segundo partido más votado en todas las Comunidades en que ganó el PP, excepto en Cantabria, donde fue superado por el PRC, mientras que el PP fue el segundo partido más votado en las dos Comunidades en las que ganó el PSOE, y el tercero en Canarias, pero no logró situarse entre los cuatro primeros en Navarra. Podemos, la gran revelación de estas elecciones, fue la tercera fuerza política más votada en nueve Comunidades, y la cuarta en otras tres, pero no logró situarse entre las cuatro primeras en la Comunidad Valenciana. Y Ciudadanos logró el cuarto puesto en siete de las trece Comunidades. En resumen, aunque puede decirse que el PP ganó las elecciones autonómicas, en términos prácticos no tiene segura ninguna presidencia, hasta que no se resuelvan los pactos con otros partidos.
En cuanto a las elecciones municipales en el conjunto de España el PP fue el partido más votado, seguido del PSOE, Ciudadanos, IU, y un largo etcétera en el que no figura Podemos porque no se presentó con sus siglas en ningún lugar, sino que adoptó la estrategia de concurrir con «marcas blancas» ad hoc en cada municipio, coaligado con otros partidos populistas de izquierda en cada lugar. Tanto el PP como el PSOE lograron unos resultados muy por debajo de los resultados obtenidos en todas las elecciones, europeas, nacionales o municipales desde 1977, con muy escasas excepciones.. Así, el PP, que ha obtenido el respaldo de solo un 17% de los electores (de los que tenían derecho a votar) y un 27% de los que han votado realmente, solo ha logrado un respaldo del electorado algo superior al de las elecciones municipales de 1987, las europeas de 1989, las municipales de 1991, y las europeas de 2014 (que con un respaldo del 11% del electorado son sin duda los peores resultados del PP en toda la historia electoral). El resultado del PSOE en estas elecciones municipales, 16% de los que tenían derecho a votar, ha sido sin duda el peor de toda su historia electoral, con la única excepción de las europeas de 2014 (10%).
Es evidente que si el bipartidismo no ha muerto, al menos puede decirse que está herido de gravedad, pues el voto conjunto de PP y PSOE, que ha sido generalmente de entre 40-50 % sobre el total de electores, solo alcanza al 33% en estas elecciones municipales, la proporción más baja de toda la historia electoral con excepción de las europeas de 2014 (21%). Y la suma conjunta de los votos del PP y el PSOE, sobre el total de votantes, solo alcanza esta vez al 51%, el resultado más bajo de toda la historia electoral con excepción de las europeas de 2014 (47%). Es evidente que el bipartidismo, si no ha muerto, está muy lejos de gozar de la salud que ha gozado hasta 2011 (cuando la suma de los dos partidos representó alrededor del 50% del total de electores y más del 70% del total de votantes).
Como es lógico, esta diversificación del voto entre cuatro partidos, más los nacionalistas, más los restos de IU y de UPyD, ha tenido como resultado que prácticamente en ningún municipio importante se pueda encontrar gobierno de mayoría absoluta de un partido, lo que obliga a diálogos y pactos muy diversos.
3. Consecuencias
Una de las principales consecuencias de estos resultados, poco resaltada en los análisis, es que el nuevo mapa electoral español, que seguirá vigente en las próximas elecciones legislativas a finales de 2015, es que los partidos nacionalistas han dejado de tener la exclusiva como partidos «bisagra» para facilitar gobiernos estables al PP o al PSOE. Los pactos ahora tienen dos jugadores más, Podemos y Ciudadanos.
Tratando de ser objetivos, hay que indicar que el surgimiento de Podemos, antes de las elecciones europeas de 2014, fue la consecuencia del mal hacer de PP y PSOE, y en especial de los múltiples casos de corrupción en que ambos partidos estuvieron inmersos. Si el PP y el PSOE hubieran tomado más en consideración las peticiones y preocupaciones del electorado, es poco probable que hubiera surgido Podemos. Pero la aparición de Podemos, con su impacto electoral en las europeas y ahora otra vez en las autonómicas (como tercer partido), y en las municipales (a través de sus «marcas blancas»), ha constituido un revulsivo muy eficaz para contribuir a la regeneración política que España necesitaba desde hace ya algunas décadas. Ciudadanos ha contribuido también a obligar a los partidos tradicionales a tomar en consideración las propuestas de regeneración impulsadas en su programa. En resumen, la aparición de los dos partidos emergentes, Podemos y Ciudadanos, está contribuyendo a regenerar la democracia española, obligando a que los partidos tradicionales, PP y PSOE, adopten medidas de las que siempre se hablaba pero nunca se tomaban en serio. El lenguaje de los políticos ha cambiado, de manera que el «tú más» ha dado paso a conversaciones sobre puntos concretos de políticas (medidas reales anti-corrupción, transparencia, democracia interna, límites temporales en los cargos, etc.). Nada de lo que estamos viendo ahora en las conversaciones entre partidos para llegar a pactos se vio anteriormente. Todo se hace con más, aunque no total, transparencia hacia los ciudadanos. Es evidente que la actuación de Ciudadanos es más constructiva y equidistante que la de Podemos. Mientras Ciudadanos ha permitido que gobierne la lista más votada para la Presidencia del PSOE en la Comunidad de Andalucía y del PP en la de Madrid, imponiendo sus condiciones programáticas, Podemos parece solo preocupado por respaldar la formación de gobiernos de izquierda radical, con programas muy difíciles de cumplir.
En la noche electoral, cuando los resultados demostraron que, como algunos habíamos previsto, los partidos emergentes tuvieron un resultado algo inferior al pronosticado por las encuestas publicadas, especialmente en el caso de Ciudadanos, y que los partidos tradicionales tuvieron un resultado malo pero algo menos malo de lo pronosticado, lo primero que tenía que haber sucedido era una dimisión de los líderes del PP, PSOE e IU, por su fracaso electoral. Solo Rosa Díez, cuyo partido UPyD prácticamente ha quedado borrado del mapa electoral, tuvo la dignidad de anunciar su dimisión. El PP, aún siendo el partido más votado en toda España, no puede gobernar porque casi nadie quiere pactar con él, algo que viene de lejos, pero que al parecer sus dirigentes no han logrado cambiar a pesar del poder nacional, autonómico y local adquirido en las diversas elecciones de 2011. El poder acumulado por el PP en el ámbito nacional, autonómico y local desde 2011 no tiene precedentes ni con las mayorías absolutas del PP en las elecciones del 2000, ni con las del PSOE en 1982, 1986 y 1989. Esa incapacidad del PP para pactar con otros partidos demuestra su incapacidad para el diálogo. Pero el PSOE, cuyo Secretario General se vanagloria de haber ganado las elecciones, debería explicar en qué se basa para hacer tal afirmación, cuando ha obtenido el peor resultado de toda su historia electoral desde 1977, con la única excepción de las elecciones europeas de 2014, cuyos resultados fueron aún peores.
La escasa, por no decir nula, disposición de PP y PSOE para pactar apoyos mutuos entre sí, puesta de manifiesto a partir de las elecciones de 1993, ha tenido consecuencias nefastas para la democracia española. El PP, que siempre ha defendido el apoyo a la lista más votada, debería haber facilitado hace meses la investidura de Susana Díaz en Andalucía, lo que habría facilitado pactos de reciprocidad ahora en las autonómicas y municipales. Pero al no haberlo hecho antes, el PP tendría que haber iniciado negociaciones con el PSOE la misma noche electoral, ofreciendo un pacto general para toda España, lo que habría evitado los «frentes» de izquierda que pide Podemos y que, en cierto modo, ven con simpatía los actuales dirigentes federales del PSOE.
Al escribir estas reflexiones no están claros todavía los posibles pactos, tanto para las Comunidades Autónomas como para los ayuntamientos de las grandes ciudades, y en especial Madrid, Barcelona y Valencia. Es evidente, que un gobierno de izquierdas en que participe Podemos, sobre todo en las tres grandes capitales citadas, provocará temor en los inversores de Estados Unidos y de la Unión Europea, sobre todo por comparación con lo que ha ocurrido en Grecia desde que un partido populista de izquierdas se hizo con el gobierno de ese país. No obstante, no es lo mismo el Gobierno de España que el Gobierno de Madrid o el de Barcelona. Por esa razón, no parece impensable que, finalmente, la señora Carmena logre el apoyo suficiente para formar gobierno en el Ayuntamiento de Madrid. A la inversa, hay muchos intereses que favorecerían un acuerdo tripartito entre PP-PSOE-y Ciudadanos, incluso con alcalde o alcaldesa de C’s. Tampoco es impensable que, si Ahora Madrid no logra el respaldo suficiente, Esperanza Aguirre, u otro de la lista del PP, pudiera resultar elegida alcaldesa de Madrid, como ocurrió en otra ocasión cuando la propia Esperanza Aguirre fue elegida Presidenta de la Comunidad de Madrid.
La fortaleza de los diferentes partidos en estos momentos puede resumirse así. El PP tiene el principal activo de haber sido el partido más votado tanto en las elecciones autonómicas como en las municipales. Pero su principal pasivo es el de sus múltiples casos de presunta corrupción, precisamente en Madrid, en los que aparecen nombres de líderes del partido en casos abiertos en municipios, comunidades autónomas e incluso en las instituciones estatales. Además, el PP padece el complejo todavía vigente en partidos y líderes de centro derecha y centro, que buscan más el aplauso y el respaldo de la izquierda que el de la derecha. En tercer lugar, la aparente incapacidad para pactar que ha mostrado el PP, que no ha sabido aprovechar ni siquiera cuando ha tenido por dos veces la mayoría absoluta, en 2000 y 2011, hasta el punto de no ser capaz de mantener pactos estables ni siquiera con los partidos nacionalistas o regionalistas de centro y derecha en diversas comunidades. La gran desventaja del PP es no haber tenido nunca un partido a su derecha, por lo que su electorado se ha nutrido desde los votantes de extrema derecha hasta los de centro, pero su imagen ha sido siempre la de ser «la derecha», cuando no «la derechona». Y, por último, el PP tiene en su pasivo las confrontaciones internas entre algunos de sus principales líderes: Aznar vs. Rajoy, Soraya vs. Cospedal, Aguirre vs. Cifuentes, etc.
El PSOE tiene como principal activo su capacidad, muchas veces verificada, para pactar con todos los partidos políticos, de izquierda, de centro y nacionalistas. Gracias a haber tenido siempre un partido a su izquierda ha podido presumir de ser de centro-izquierda, evitando la imagen de ser la izquierda radical. En estos momentos, sin embargo, sus resultados electorales han sido pésimos, los peores de toda su historia desde la Transición. Pero su capacidad para pactar con cualquiera le está permitiendo presumir de haber «ganado las elecciones», pues cuenta con que son necesarios para cualquier pacto con los otros partidos de izquierdas. Su imagen les permite pactar desde partidos de izquierda radical a los partidos de centro y, por supuesto, con los partidos nacionalistas e incluso secesionistas. Sin embargo, también está recientemente muy contestado por sus casos de corrupción, especialmente en Andalucía. Y, en mayor medida que el PP, está actualmente muy dividido internamente a causa de enfrentamientos entre sus líderes, los actuales vs. la vieja guardia «felipista» y «guerrista», y entre los propios actuales, como es el caso entre Pedro Sánchez y Susana Díaz. Pero lo peor de su pasivo es su indefinición ideológica, que le lleva a aliarse con la izquierda radical o con los nacionalistas-secesionistas, al tiempo que dice defender el vigente sistema constitucional. El PSOE parece olvidar a veces que no solo tuvo un protagonismo muy grande en la elaboración de la Constitución, sino que ha gobernado con ella más años que la UCD o el PP conjuntamente.
Podemos ha tenido un resultados inferiores a los esperados y pronosticados por las encuestas publicadas, y sobre todo, ha fracasado en las autonómicas pero ha tenido mejor resultado en las municipales, donde ha concurrido con «marcas blancas», lo que ahora se le está planteando como un problema, pues muchas de esas «marcas blancas» no quieren reconocer su vinculación con Podemos, como sucede concretamente en Madrid y Barcelona. Su posible pacto con el PSOE todavía está por ver, si bien ya se está produciendo en algunos municipios importantes. Pero el PSOE hará bien en no celebrarlo, pues ese pacto puede ser el «abrazo del oso» que pase factura en las próximas elecciones generales, legislativas. Obviamente, Podemos persigue ese pacto porque sabe que, de igual manera que se ha llevado el electorado de IU y de la izquierda radical, puede aspirar a llevarse el voto de la social-democracia del PSOE. Podemos ha suavizado extraordinariamente su mensaje desde antes de las elecciones europeas al momento actual, lo que demuestra que sabe que su proyecto radical, revolucionario, no tiene futuro, algo que ya se vio hace décadas con los revolucionarios franceses del mayo del 68, perfectamente instalados al poco tiempo en las instituciones burguesas que denostaban, y que en España se ha comprobado igualmente con la presencia del legendario PCE en las instituciones democráticas, que tuvo que integrarse en la coalición IU para sobrevivir, coalición que prácticamente ha desparecido en las recientes elecciones.
En cuanto a Ciudadanos, su principal activo es su capacidad para condicionar ciertos posibles gobiernos, tanto del PP como del PSOE. Es el único partido que, actualmente, parece estar en condiciones de pactar con el PP, aunque presumen de poder hacerlo también, y de preferencia, con el PSOE. Y su principal debilidad es igualmente esa indefinición programada, que puede convertirse en un «boomerang» en las próximas elecciones legislativas de final de año. Sus resultados han estado más claramente por debajo de sus expectativas y de los pronósticos, más que en el caso de Podemos, y ello puede deberse a algunas afirmaciones públicas que nunca debieron hacer. La primera fue la afirmación de que la regeneración política solo la podían protagonizar los nacidos después de la Constitución de 1978, lo que, dicho en un país como España que está entre los más envejecidos del mundo, no constituye precisamente un acierto, pues enajena a la mayor parte del electorado (los mayores de 37 años). La segunda afirmación fue la relativa a que C’s está más cerca del PSOE que del PP (una vez más el complejo de los que no son de izquierdas). La tercera se relaciona con su programa. Aparte de un claro desacierto de oportunidad en el anuncio de alguna medida (subida del impuesto sobre el pan), otras de las anunciadas coinciden poco o nada con los valores de ahorro de los votantes de clase media (impuesto de patrimonio, impuesto de sucesiones, etc.) Parece más que probable que muchos votantes que se alejaron del PP por sus desaciertos y los recortes, además de por el incumplimiento de su programa, y que veían en C’s una forma de castigar al PP pero sin votar a la izquierda ni a los populistas, reaccionaron ante esta afirmación volviendo a votar al PP o marchando a la abstención. No debe olvidarse que más de un tercio del electorado no fue a votar, y que la proporción de votos blancos y nulos, aunque muy minoritaria, como siempre, ha sido está vez el triple de lo que ha sido en toda la historia electoral de la democracia.
En resumen, la aparición de Podemos y Ciudadanos debe ser recibida con cierta satisfacción porque han constituido un revulsivo que la sociedad española demandaba desde hace años para regenerar la política española. No parece fácil que puedan gobernar en ningún lugar, pero sí que van a condicionar los gobiernos que se formen, por su capacidad para apoyar una u otra opción de gobierno. En la medida en que su presencia reduzca la importancia de los partidos nacionalistas-secesionistas, y en la medida en que obliguen a que los partidos tradicionales reduzcan su poder y sobre todo sus niveles de corrupción, deberían ser bienvenidos. Otra cosa es que puedan ser capaces de constituir gobiernos en los que tengan el poder, pero su participación en gobiernos, con presencia minoritaria, puede ser muy beneficiosa para la regeneración democrática, en la medida en que sean la conciencia crítica de gobiernos constituidos por los partidos tradicionales, como vigilantes para que los gobiernos cumplan sus compromisos con los ciudadanos. Por lo que se ha visto hasta ahora, parece que Ciudadanos está dispuesto a cumplir esa tarea en mayor medida que Podemos, más preocupado por conquistar parcelas de poder a cualquier precio.
A medida que pasa el tiempo de negociación de los pactos se comprueba que el acuerdo entre Podemos y PSOE tiene más dificultades de las que se preveían nada más acabar el recuento electoral, como se está viendo en Madrid y Valencia.
4. Ante las próximas legislativas
Llegados a este punto, sin embargo, no podemos sustraernos a la tentación de mostrar otras alternativas que al parecer nadie contempla, ni siquiera los propios partidos. En efecto, al comienzo de este análisis he indicado que en la noche electoral, el PP debería haber iniciado conversaciones con el PSOE para establecer un compromiso de ayuda mutua en toda España, y no circunscrito a algún territorio concreto. Y que para que esto hubiera sido más fácil, el PP debería haber prestado su apoyo a Susana Díaz en Andalucía, con dos objetivos: favorecer la división interna en el PSOE entre Pedro Sánchez y Susana Díaz, y dar un paso en la dirección de buscar un pacto con el segundo partido más importante, como se ha hecho en alguna ocasión en casi todos los países de la Unión Europea excepto España. Pero ya que no se hizo entonces, la estrategia del PP debería haber sido la de buscar ese pacto con toda decisión y generosidad, para impedir los pactos tipo «frente popular» en la izquierda, algo que el PSOE busca siempre que hay oportunidad, creando un «cordón sanitario» para aislar al PP, como está haciendo desde el tristemente famoso «pacto del Tinell». El PP debería haber hecho los sacrificios necesarios para romper de una vez por todas ese «cordón sanitario», que sigue estando presente en la política española. Solo faltan dos días para la constitución de los nuevos ayuntamientos, y todo parece indicar que el PP no sabrá romper ese «cordón», aunque es cierto que los que contribuyen al «cordón» tampoco parecen muy dispuestos a romperlo.
En las múltiples conversaciones a muchas bandas que se están produciendo, para lograr pactos de gobierno, se habla mucho de diálogo, de respetar a las listas más votadas, de grandes principios ideológicos, pero no se dice lo que de verdad está en juego: el poder, autonómico o local, y eso llevará, necesariamente, a «extraños compañeros de cama». Todo se justifica cuando de lo que se trata es de conseguir una parcela de poder, por pequeña que sea. Este es el resultado de una ley electoral, la que se hizo para las elecciones de 1977 a la salida del franquismo y que sigue vigente, y que ha favorecido un bipartidismo imperfecto. La ley electoral española ha elegido el sistema proporcional frente al mayoritario, y ha entregado a los aparatos de los partidos el inmenso poder de hacer las listas de candidatos, completas y cerradas por supuesto, lo que ha conducido a que no exista división de poderes en la democracia española, pues el que gana adquiere el poder sobre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. La mejor manera de evitar los «chalaneos post-electorales» a los que estamos asistiendo es una reforma de la Ley Electoral que acepte el principio de la circunscripción individual, que es el vigente, con diversas modalidades, en el Reino Unido, en Alemania, en Francia, en muchos otros países de la UE, y en Estados Unidos. Un representante elegido en cada circunscripción, sin listas electorales, y la adopción del sistema mayoritario. Por supuesto este modelo admite algunas variaciones, como la de reservar un cierto número de escaños para que compitan en listas nacionales, como hacen en Alemania, a semejanza de como se vota para las elecciones europeas; o la de admitir una segunda vuelta en aquellas circunscripciones en que ningún partido tenga la mayoría absoluta, haciendo competir a los dos que hayan obtenido mejores resultados en la primera vuelta, como se hace en Francia. Esta reforma de la Ley Electoral, que he propuesto públicamente desde hace más de tres años, no solo favorecería la democracia interna en los partidos, no solo eliminaría o reduciría mucho el poder de los aparatos de los partidos, sino que evitaría los «chalaneos post-electorales» a los que estamos asistiendo desde hace décadas, agudizados ahora por el resultado de estas elecciones en las que el poder se divide entre cuatro partidos nacionales más varios regionales o nacionalistas. De otro modo, cada vez asistiremos más a esta especie de subasta de parcelas de poder en que todo se compra y se vende.
Además de una reforma de la Ley Electoral en la dirección indicada, se necesita urgentemente una nueva Ley de Partidos que haga posible la democracia interna, de manera que los candidatos sean elegidos por los militantes o votantes del partido, y no designados a dedo por los aparatos de los partidos. Estas elecciones internas no tienen nada que ver con las elecciones primarias, unas elecciones sin consecuencia legal alguna en los Estados Unidos, que nada tienen que ver con las que se piden para España, que no dejan de ser unas normales elecciones internas.
Como es previsible, ninguna de estas dos Leyes será aprobada antes de las próximas elecciones generales, pero si sería conveniente que fueran aprobadas en la próxima legislatura.
La pregunta por tanto subsiste: ¿se prevén cambios importantes antes de las próximas elecciones legislativas? Y la respuesta no puede ser otra que negativa. No habrá cambios importantes, excepto que todos los políticos actuarán con mucha mayor prudencia, para no verse mezclados en casos de presunta corrupción. Todos intentarán alinearse además con las más elementales medidas de regeneración democrática. Pero subsistirán los factores que influyeron en los resultados de las elecciones autonómicas y locales: 1) altos niveles de paro aunque inferiores a los precedentes, y continuidad de muchos elementos de la crisis económica, 2) desprestigio de las instituciones, especialmente de las políticas, a causa de los casos de corrupción que, aunque anteriores, seguirán siendo noticia durante unos años, 3) aparición, por contagio e imitación a la vista de su éxito, de más formaciones políticas de carácter populista, de derecha o de izquierda, y 4) los resultados de las elecciones autonómicas y locales, que dado el escaso tiempo para que se vean los resultados de la gestión llevada a cabo por los nuevos partidos emergentes, posiblemente favorezcan el crecimiento de dichos partidos emergentes y el debilitamiento de los tradicionales, pues hará falta un mandato de cuatro años para que el electorado tome nota, como ya ha ocurrido con Bildu en el País Vasco, desalojado ahora de posiciones de poder ganadas en anteriores elecciones.
Aunque sería deseable, no se percibe decisión en los partidos tradicionales, PP y PSOE, para reforzar sus equipos con políticos de verdad y reducir sus personas de confianza, por muy leales que sean. Por el contrario, los partidos emergentes, ahora en posiciones de poder que antes no tenían, incrementarán su atractivo electoral en las próximas legislativas, pues en tan poco tiempo no habrán podido poner de manifiesto sus errores o incapacidades.
Tampoco es previsible que haya adelanto electoral, aunque muchas voces le están pidiendo a Rajoy que convoque elecciones anticipadas, a ser posible en la misma fecha que las anunciadas por el Gobierno de Cataluña.
La consecuencia más visible del multipartidismo surgido tras las elecciones autonómicas y locales es la división interna dentro de todos los partidos. Confrontación y división se observa en el PP (algunos piden cambios muy importantes en el partido y en el Gobierno), en el PSOE (gran controversia respecto a pactar con Podemos), en IU (controversia respecto a pactar con Podemos), en Podemos (contestación a Pablo Iglesias y petición de volver a los orígenes y pactar con otras fuerzas populistas), y en Ciudadanos (críticas a la indefinición y al excesivo protagonismo de Rivera). También en la práctica totalidad de los otros partidos, incluso Durán Lleida tiene contestación interna en UD.
No puedo terminar sin señalar que además de constatar que la crisis económica en todo el mundo no solo no se puede dar por cerrada, sino que hay amenazas de que estemos al borde de una continuación, también constatamos las profundas grietas que se observan en todo el mundo desarrollado en el funcionamiento del sistema democrático. En diversas publicaciones recientes he señalado que posiblemente estemos llegando al final de los dos modelos de organización que han caracterizado a nuestro mundo occidental y desarrollado, el modelo económico de la economía libre de mercado, el capitalismo, y el modelo de organización política, la democracia parlamentaria. Todas las formas de organización social, y no solo estas dos, han cambiado muchas veces a lo largo de la historia de la Humanidad, puesto que son respuestas instrumentales que dan las sociedades humanas para mejor adaptarse a su entorno, y por tanto no debe extrañarnos que estas dos estén llegando a su final. ¿Qué nuevas formas de organización económica y política las sustituirán? Reconozco no tener respuesta a esa pregunta, que en todo caso constituye un tema que va más allá del análisis de unas elecciones, pero que seguro tendremos que afrontar en el próximo futuro.
JDN
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