Transcripción íntegra de la conferencia pronunciada por D. Florentino Portero en el acto celebrado el jueves 30 de octubre de 2014 en el Hotel Wellington de Madrid.
Buenas tardes a todos y muchas gracias por la invitación. Voy a intentar dar un repaso a las líneas de fractura fundamentales del mundo árabe y del Islam en el sentido más amplio. Una cuestión que a todos nos ocupa y nos preocupa, ya que nos va a acompañar al menos durante 25 años –si no medio siglo–, porque tiene que ver con una crisis cultural, y no meramente económica o de estado. Es toda una civilización que pierde su identidad, su guión, y que pasará bastante tiempo hasta que lo recupere.
La primera línea de fractura tiene que ver el fenómeno de la Primavera Árabe. Nos encontramos con un conjunto de estados que conocen la independencia, con el colapso del último califato –que nosotros conocemos como el Imperio Turco–. En el Islam no existe una diferencia clara entre el poder político y el poder religioso, la figura del califa reúne ambos poderes y por tanto el califato es la forma normal, comúnmente aceptada para gobernar. Es un sistema anacrónico que, tras la I Guerra Mundial, pierde cohesión y muere por agotamiento.
Como resultado, las potencias aliadas se reparten los territorios que quedan del califato y asumen su gobierno en régimen de Mandato, según el cual la Sociedad de Naciones encomienda a un estado occidental que se encargue de un territorio, para que lo administre, lo dirija y lo encauce hacia su definitiva independencia. Algunos de esos territorios lograrán su independencia antes de la segunda guerra mundial y el resto inmediatamente después. Son por lo tantos estados jóvenes.
Estos estados jóvenes han tenido un tiempo de vitalidad, de crecimiento y entre sus muchos logros cabe destacar uno que tiene unas consecuencias positivas y otras no tanto. Han conseguido evitar que los niños mueran en las primeras semanas después de vida y que las madres sobrevivan a los partos. Esta ha sido una de las constantes que ha regulado la población a lo largo de la historia del homo sapiens, y antes del Neanderthal, del Cromañón y de cualquier otra variante de homínido conocida o por conocer. Las infecciones han modulado históricamente el crecimiento demográfico.
Recientemente, con el descubrimiento de la penicilina y determinados avances en la cultura de la salud, se ha conseguido que estos ratios de mortandad se reduzcan de forma importante. El resultado es que los niños crecen y, al crecer, llega un momento que quieren tener una oportunidad para vivir, poder casarse y tener un trabajo, quieren ser ellos mismos. Y ahí es donde está el reto.
Para darles esa oportunidad, una nación primero tiene que darles educación –pero eso es otra historia, bastante más complicada–, y segundo, tiene que tener una capacidad de crecimiento suficiente como para absorber esas oleadas de jóvenes que van entrando en el mercado de trabajo. Los españoles hemos vivido a lo largo de la historia distintos momentos en los que hemos enviado nuestros “excedentes de población” a otros países, porque no éramos capaces de absorber esa mano de obra. Ha habido oleadas migratorias hacia América Latina, hacia Francia, hacia Alemania… Nuestra economía, aún creciendo, no era capaz de absorber el resultado de un baby boom.
Lo que está pasando en el mundo árabe es, precisamente, un baby boom. Todos los países árabes tienen una media de edad inferior a los 30 años, y uno, Yemen, tiene una media inferior a los 20 años. Todos estos estados se caracterizan, en mayor o menor medida, ya que son todos muy distintos, por que se encuentran en medio de un proceso de desarrollo social y económico y carecen de buenos sistemas educativos. Algunos son muy ricos gracias al petróleo, pero el petróleo no da educación, ni sentido común y por contra, genera muchos vicios. Un país que vive únicamente del petróleo esta condenado al desastre. Por ejemplo los casos de Venezuela, de Nigeria, de Libia o de México; que poco a poco va creciendo, pero que ha sufrido como los demás el efecto negativo de ser rico a destiempo.
Cuando estas economías entran en periodos de relativo estancamiento, bien porque no son capaces de crecer suficientemente, o bien porque el entorno entra en crisis, se produce el efecto de la ‘olla a presión’. Han estado exportando mano de obra a Europa y a los países del del Golfo Pérsico, pero ni Europa ni el Golfo están ya en condiciones de aceptar más mano de obra, debido a la crisis internacional. Los ‘mercados de población’ no tienen en estos momentos capacidad de absorción. Además, el mundo árabe es un mundo muy puritano y la vida sexual tiene unos límites muy marcados, limitados al entorno del matrimonio y de la casa, lo cual acentúa la tensión. Todo ello es un caldo de cultivo perfecto para que una crisis estalle como ocurrió con la Primavera Árabe.
La Primavera Árabe fue un estallido de jóvenes que criticaban un sistema. En primer lugar, porque estaba dejando de crecer y por lo tanto no les aportaba nada, y en segundo lugar, por la corrupción. Hay culturas que la persiguen y hay culturas que la toleran, y el mundo musulmán ve la corrupción como un fenómeno natural. Las influencias son un mecanismo más importante y más útil que el imperio de la ley y por lo tanto la gente las acepta. Pero hasta cierto punto. La corrupción se tolera mientras a cada uno le toque su parte y todos tengan una oportunidad. Cuando no hay trabajo y los jóvenes están en casa de sus padres esperando esa oportunidad que no llega, entonces se convierte en algo criticable. Y así, regímenes que han cumplido su función durante un determinado periodo de tiempo, se convierten en objeto de una fortísima crítica.
Por tanto, la primera línea de fractura viene dada por un modelo de desarrollo político, económico y social que nace de los procesos de descolonización inmediatamente anteriores a la II Guerra Mundial. Influido por un ideario que es un cocktail de nacionalismo barato y de un socialismo de procedencia desconocida, ha dado sentido a movimientos como el naserita en Egipto, al bahaísmo, en Irak o en Siria; y ha permitido a algunas monarquías tradicionales mantenerse en pie. Ese sistema ha entrado en crisis y en algunos casos, como en el de Egipto, ha llegado al colapso.
Es evidente que un régimen monárquico suele tener raíces más profundas que un régimen basado en un golpe de estado militar. Si esta monarquía es, además, una monarquía tradicional, como el caso de la marroquí –que se denomina Alauita, porque procede de Alí, marido de Fátima, hija del profeta–, tiene una mayor legitimidad y capacidad de aguante frente a las crisis que la dictadura de Gadafi en Libia, la de los militares egipcios o incluso la dictadura disfrazada de democracia de Argelia. Ésta última fue además el resultado de una guerra civil y la vanguardia de los procesos que estamos viviendo.
La segunda línea fractura es la tensión que se produce entre dos formas distintas de entender el Islam, una moderada y otra radical que denominamos islamista. El Islam es una religión de una cultura antigua, y aunque es cierto que su doctrina no facilita su transformación social hacia el liberalismo económico –más bien todo lo contrario–, no es menos cierto que las religiones y las culturas deben evolucionar. Lo hizo el cristianismo, que ahora distingue perfectamente entre Iglesia y Estado y recuerda constantemente la imagen de Jesús de Nazaret cuando habla de la moneda del César. Pero durante diecinueve siglos se olvidó de esa imagen. Durante el tiempo en el que fue mayoritaria tampoco se caracterizó por un talante liberal, si no todo lo contrario, y solo descubrió las virtudes de la democracia cuando fue minoría, porque la democracia ampara a las minorías.
También el Islam, en tiempos de vacas gordas, era bastante abierto y permisivo con lo que hacían los musulmanes, no así con los que hacían los no musulmanes. Dentro del islam es impensable la igualdad ante la ley de musulmanes y no musulmanes. Un cristiano, sea ortodoxo, católico o protestante; un judío o un practicante de cualquier otra religión minoritaria, está sometido casi a vasallaje. El no musulmán tiene que pagar un impuesto especial y es un consentido, pero nada más que un consentido. No hay igualdad. Esto ocurre si se pertenece a una de las religiones llamadas del libro, de otra manera ni siquiera son considerados como personas con dignidad.
El islamismo, o la forma radical de entender el islam, es tan antiguo como el islam mismo. En realidad cualquier cultura basada en una religión tiene desde el principio tendencias hacia el fundamentalismo y tendencias hacia una actitud más moderada. En el mundo católico el término correcto es integrismo, porque se mantienen íntegros en la doctrina. Los protestantes utilizan el término fundamentalista, porque son fíeles a los fundamentos de lo que dice la Biblia. En el Mundo Islámico el término más correcto sería salafista, que quiere decir puritano, aquel que se mantiene fiel a lo que dice el Corán, la Sharia y las tradiciones más antiguas.
Llegado este punto, ¿por qué el salafismo crece en momentos históricos determinados y, en otros, decrece? Desde un punto de vista antropológico es muy fácil de explicar y ocurre en todas la religiones: cuando una cultura está segura de si misma, tiende a ser moderada; cuando una cultura sufre una crisis de identidad, con una falta de liderazgo y de futuro, tiende a radicalizarse y a volver a actitudes tradicionales o fundamentalistas. De esta manera, el Islam evoluciona hoy día hacia el islamismo porque se ve amenazado por un proceso que hemos llamado globalización.
Para un historiador, la globalización es una constante histórica. Hay momentos en los que ésta se acelera y en otros en los que se ralentiza. Existe una globalización geográfica que gira en torno al Mediterráneo, luego se extiende al Atlántico y posteriormente al Pacífico. Pero también una globalización tecnológica. La tecnología cambia nuestra vida y nos ayuda a comunicarnos, permite que viajen las ideas, las imágenes, las películas, las personas. A través de la tecnología, la globalización ha encogido el planeta y lo ha uniformizado. Aquellas culturas que se sienten seguras de sí mismas consideran que la globalización es una oportunidad, en el caso contrario –para el Islam–, se convierte en un terrible riesgo.
Los movimientos que ahora están a la cabeza de la islamización nacen en el momento de la desintegración del Imperio Turco, del califato, cuando entran en contacto con las potencias aliadas a través de los Mandatos. Hermanos Musulmanes por ejemplo, es el resultado del contacto entre los egipcios y los británicos, quienes junto con los estadounidenses inician una política de becas para formar una clase dirigente egipcia. Uno de los personajes que se benefició de esta política fue Hasan Al-Banna, que pudo viajar a Occidente, a Europa y Estados Unidos y volvió con la idea de que el liberalismo, tanto económico como social, sería muy perjudicial para el Islam. Es evidente que lo ocurrido desde entonces confirma esa creencia. Al colapso político del que hemos hablado, se le suma un colapso cultural.
Los Islamistas, poco a poco, van conquistando espacios en la sociedad por la lógica de su propio discurso, ya que mucha gente que piensa como ellos empieza a asustarse de este cambio cultural. A través de la tecnología, de las antenas parabólicas, el pueblo conoce la forma de vida occidental y se quiere subirse al carro de este estilo de vida, pero entonces se dan cuenta de que no pueden. El camino para incorporarse está cercenado, ya que no han tenido la educación para entrar en este juego.
Y entonces llega la crisis de la primavera árabe, que permite a los islamistas explicar por que esas familias no tienen opción de futuro. Y aquí entra otra vez la tecnología, la globalización en sentido inverso. Todas esas antenas parabólicas de las que antes hablábamos están orientadas fundamentalmente a cadenas que emiten desde el Golfo pérsico. Un mundo corrupto donde los haya, pero que para ganar estabilidad está aliado con corrientes religiosas profundamente conservadoras, como por ejemplo los wahabíes.
Éstos explican al resto del mundo Islámico por qué no tienen opción de futuro. Cuentan que occidente ha comprado a las elites egipcias, marroquíes, libias, que en lugar de servir al pueblo, sirven a los hombres de negocios de occidente. Evidentemente es un argumento sesgado, pero cierto. Cualquiera que haya hecho negocios en esa parte del mundo sabe que no existe el mercado abierto y que cualquier concesión empresarial requiere de una ”inversión”.
Y el argumento funciona, porque el pueblo puede constatar como los dirigentes y los altos funcionarios acumulan formidables riquezas decidiendo que empresa francesa va hacer esta obra o que empresa española va a hacer esta otra.
Todo esto alimenta un crecimiento de las opciones islamistas, no tanto por una mentalidad religiosa puritana, como por la ausencia de opciones alternativas en el mercado de las ideas políticas. No existe un discurso liberal porque las elites “moderadas” han perseguido –de forma efectiva– a los liberales que había. Éstos estaban dispuestos a generar una modernización económica, política y social en sus países, pero eran incómodos y fueron apartados.
No se encuentra, por tanto, una auténtica vocación liberal en las elites de estos países y en definitiva, lo que podemos encontrar en el mercado de las ideas, que es el mercado de la política, es, por un lado, un discurso nacionalista dirigido por militares y altos empresarios locales y, por el otro, un mundo islamista que plantea un cambio radical de toda esta estructura social.
Todo islamista, sea pacífico o sea violento, Chií o Suní, Hermano Musulmán o Al-Qaeda, busca lo mismo: Califato, Umma, que es la comunidad de los creyentes, y Sharía. Las diferencias dentro del mundo salafista son diferencias de estrategia. Los Hermanos Musulmanes, por ejemplo, piensan que pueden ir poco a poco impregnando a la sociedad de su ideario y por medios pacíficos conseguir conquistar el poder. De hecho así lo hicieron en Egiptol, aunque luego lo perdieran por su incompetencia al frente del gobierno. En Túnez, por el contrario, son más prudentes y poco a poco van consolidando su posición. En Marruecos han pactado con el rey un proceso suave y mantienen un pulso más o menos pacífico con la monarquía. La idea es, en todo caso, buscar una convergencia de posiciones.
Todos ellos coinciden en que es imposible la convivencia entre occidente y el Islam. Repiten las mismas tesis de los soviéticos en los años 50 que podemos ver en los manuales de Ponomariov, que editaba la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. El contacto entre dos estilos de vida distintos provoca un acercamiento del otro hacia el mío, que es mejor. De ahí que la unión soviética levantara muros e impidiera la comunicación. Con los islamistas ocurre lo mismo, su forma de vida es demasiado atractiva sobre todo para los jóvenes y por tanto es muy importante levantar muros para aislar el Islam, que el islam se regenere y pueda avanzar.
La tercera línea de fractura tiene que ver con el choque entre las distintas formas de entender el Islam. Ya no desde el punto de vista más moderado o más radical, si no desde el punto de vista histórico y a su vez entre pueblos distintos. Es la división entre Chiitas y Suníes, que, en el fondo, es la diferencia entre los persas y los árabes, que viven a pocos kilómetros unos de otros, separados por el Golfo Pérsico, que se desprecian mutuamente y entre los que hay una tensión histórica muy fuerte sobre a quien corresponde asumir el liderazgo dentro del Islam.
La Revolución Jomeinita fue una revolución islamista que tenía como objetivo implantar un sistema político donde los religiosos –los ayatolás–, dirigieran el país. Para entender este razonamiento es necesario conocer que en el mundo chií existe una estructura eclesiástica adoptada del cristianismo ortodoxo. Existen los mulás, los ayatolás y los grandes ayatolas, que son los primus inter pares dentro de un estado. Al haber iglesia, hay jerarquía. Hay doctrina correcta e incorrecta, principio de orden y por tanto un ejercicio de poder religioso. En el mundo suní, por el contrario, no existe la estructura eclesiástica. Existen simplemente una serie de estudiosos que en la mezquita tienen potestad de hablar: los imanes. Igual que en el mundo protestante hay un pastor que tiene estudios de teología y que tiene una cierta autoridad. Esta Revolución Jomeinita plantea un asalto al Califato, la refundación que quieren todos los islamistas. Al hacerlo plantea también, de forma inevitable, una agresión a Arabia Saudí, versión posmoderna del califato puesto que dos de los tres lugares santos están en su país.
Esa tensión se va a resolver mediante la guerra entre Irán y Irak. Utilizando un lenguaje tecnológico de hoy día, diríamos que Irak era un proxy de Arabia y EE.UU. con el fin de contener a Irán. En esa época EE.UU. era un fiel aliado de los saudíes porque necesitaba el petróleo del Golfo Pérsico e Irán un país muy rico en recursos naturales que podía convertir en capacidades militares. Que mejor manera de tenerlo ocupado que con una guerra de desgaste.
Una guerra que se ha continuado de manera intermitente hasta nuestros días, abriendo cada vez más el campo de batalla. Hay una franja que va desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo, que comprende Irán, Irak, Siria y Líbano. Esa franja es el campo de batalla actual en el que se está fijando el margen de influencia de Iraníes y saudíes, aunque con diferencias notables a los días de la guerra entre Irán y Irak. Esta era un guerra convencional, es decir, fuerzas armadas de estados legítimos. Una guerra a la manera de Clauswitz. Hoy ya no participan solo estados,
- Irán participa de forma directa e indirecta a través de unidades irregulares.
- Irak está dividido entre las fuerzas oficiales de Irak, los irregulares chiítas, el Estado Islámico, que es la nueva versión de Al-Qaeda y los peshmergas kurdos en el norte.
- Siria es un puzzle de grupos distintos que evolucionan entre los que se encuentran las fuerzas armadas del estado sirio, que defienden la causa chiíta, el frente Al-Nusra, el Estado Islámico y otros grupos suníes que han evolucionado a partir de los Hermanos Musulmanes.
- En el Líbano, los cristianos están divididos en dos frentes, los suníes con sus propias modalidades locales, Al-Nusrra y el Estado Islámico que están entrando en Líbano para abrir el campo de batalla y finalmente por parte de los chiítas, Hizbulá una milicia creada por Irán en Líbano.
En esta batalla, Irán quiere derrotar finalmente a los suníes llegando al Mediterráneo y aislando a Turquía actualmente con un gobierno islamista y uno de los mayores defensores de los Hermanos Musulmanes junto con Qatar.
Para contener el acercamiento de Irán al Líbano, los saudíes han buscado a su aliado histórico en occidente, pero la administración Obama ya no participa en guerras que no considera de su incumbencia. De hecho, ha ensayado una operación de alto riesgo y bastante insensata como es cambiar de aliados. Puesto que ya no necesitan el petróleo de los saudíes, intentan pactar con los iraníes, que son definitivamente más competentes que los árabes ya que la cultura persa es una mucho mas sólida. También quien gobierna Persia es mucho mas listo y peligrosos que los saudíes, problema que la administración norteamericana no ha valorado lo suficiente. Ahora, en la recta final de las negociaciones, la administración Obama está sufriendo las consecuencias de haber ensayado operaciones diplomáticas demasiado complejas. Es el caso de las negociaciones para la contención del arsenal nuclear iraní, en las que los iraníes están manteniéndose firmes en su postura de fuerza frente a europeos y estadounidenses, mucho más necesitados de un acuerdo.
Al no conseguir que los americanos entrasen en el conflicto sirio con su dinero y con sus vidas para contener el avance chiita , los saudíes contrataron entonces milicias que pensaron que podían resultar suficientemente útiles. ¿Quiénes son estas milicias? En primer lugar, el estado islámico, resultado de la inteligencia y el dinero saudí y de muchas, llamémosles ONG, de países del Golfo Pérsico, que de esta forma canalizan tanto su ideario islamista, como su miedo al avance de Irán. En segundo lugar Al-Nusra, la evolución de Al-Qaeda en siria financiada con dinero Qatarí. Pero cuando uno hace de aprendiz de brujo, las consecuencias no siempre son las que uno busca. Aquellos que han creado estos grupos empiezan a temer que se vuelvan contra ellos porque la base social de Arabia, Qatar, Bahréin etc. es una base social muy frágil e inestable. La mayor parte de los analistas políticos árabes son muy pesimistas respecto de que la posibilidad de que en los próximos 15 o 20 años sobrevivan los estados del golfo debido precisamente a tensiones sociales derivadas de todos estos movimientos de grupos islamistas.
Con este escenario, el islamismo crece y crece también muy cerca de nosotros. En parte como consecuencia de la aventura francesa en la campaña de Libia. Libia no era un problema para occidente, la alternativa a Gadafi tampoco era democrática como se ha podido ver. No existen demócratas y si grandes arsenales, que se han distribuido por la zona del Sahel, y están nutriendo a distintos grupos islamistas vinculados en mayor o menor medida con Al Qaeda o con el Estado islámico.
Estos grupos están poniendo en dificultades a los estados del Sahel. Países como Mauritania, Malí, Chad, Sudán y Níger que tienen una desproporción enorme entre territorio y población y un estado a medio construir y por tanto muy débil. Las milicias terroristas están consolidado territorio siguiendo el cauce del rio Níger y han penetrado en Nigeria, un país crítico en el equilibrio de la zona por sus grandes niveles de población y sus recursos naturales. Y en donde se vive una guerra civil que no está ganando el ejercito nigeriano.
Y nosotros, ¿qué papel jugamos en esta historia? En primer lugar debemos asumir que ocurra lo que ocurra, nos va a afectar. La desestabilización de estos países va a generar movimientos migratorios muy importantes, perdidas de inversiones muy importantes y un aumento de la actividad radical. Para nosotros, como españoles, no es lo mismo lo que pasa en Líbano que lo que pasa en Marruecos o en Argelia, tanto por nuestra dependencia energética de Argelia, como por todo lo que tiene que ver con movimientos migratorios y radicalismos en nuestras fronteras.
Ceuta y Melilla se encuentran en una situación complicada y tienen barrios en los que no se sabe que esta pasando. Es evidente que las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado están trabajando a fondo, pero basta con acercarse a estos barrios para darse cuenta que el margen de maniobra es limitado. Además en el caso de Ceuta se está produciendo un cambio demográfico importante. Ante un empeoramiento de la situación social, aquellos que pueden emigrar a Algeciras lo hacen. Este proceso tiene consecuencias perversas, ya que los islamistas radicales van tomando el control y presionar con facilidad a los musulmanes moderados para que se adapten a su forma de vida. Barrios que hace unos años eran un ejemplo de convivencia mixta hoy parecen cualquier ciudad de oriente medio.
Se trata de fronteras singulares, únicas en el planeta y en las que nos encontramos el mayor desnivel de renta entre uno y otro lado. Todos los días se observa un desfile de mujeres que cruzan la frontera con fardos a la espalda la frontera para vender en los mercados de Tetuán o Castillejos los productos de desecho de los españoles.
Esto es un problema, pero la dimensión del problema es tal, que la respuesta no puede ser solo española porque el islamismo no es un problema solo de España, o de Marruecos, o de Argelia, es un problema del Islam y el Islam llega hasta indonesia.
Solo si Occidente es capaz de analizar la cuestión, llegar a un acuerdo sobre ese análisis y elaborar una estrategia para 25 o 50 años, podremos ser medianamente optimistas sobre el efecto de ésta. Acabar con la Unión Soviética costó cuarenta años de tensión y de miedo a un holocausto nuclear. Fuimos capaces de aliarnos de elaborar un análisis común de fijar una estrategia en le marco de la alianza atlántica y convertir ésta en un a organización. Y al cabo de un tiempo con constancia y liderazgo la URSS se desintegró.
El islamismo es como una epidemia que como decía al principio tiene que ver con el inseguridad de una cultura que ha perdido el norte ante un cambio acelerado. Se le puede contener y después, poco a poco, desmontarla, pero hace falta que el bloque occidental actúe junto con los estados musulmanes moderados. Se puede ayudar a Marruecos, A Mali, a Argelia, pero debe ser mediante acciones fruto de una visión conjunta de futuro a largo plazo. Para ello hace falta rehabilitar la Alianza Atlántica –que está en el peor momento de su historia–, y convencer a los estadounidenses de que tiene que ejercer el liderazgo.
No lo harán si no ven por nuestra parte unidad de acción, disposición a gastar y a asumir responsabilidades. Como ninguna de estas tres premisas se dan por ahora, cabe imaginar que la situación tiene que empeorar durante un tiempo hasta que madure nuestra propia visión y empecemos a reaccionar.
Con la unión soviética fuimos eficaces porque salíamos de una guerra mundial., Europa estaba destrozada y había mucho miedo a Stalin. Hoy la situación no se ve tan preocupante y por tanto por ahora sólo estamos ganando tiempo. Muchas gracias.