Siete meses sin gobierno

Epur si muove. Nuestros representantes, los representantes de la soberanía popular, al fin se han movido, y haciendo un gran esfuerzo han elegido Presidenta del Congreso. Algo es algo, y menos da una piedra, dice el saber popular. De momento parece que se ganan su sueldo, pagado por los impuestos de todos los ciudadanos. Confiemos en que sigan por ese camino y, con un poco de suerte, sean capaces de formar o permitir la formación de un gobierno. Los ciudadanos lo agradeceremos. Pero, cabe preguntarse, ¿cómo y por qué hemos llegado a esta situación?

Los resultados de las elecciones de diciembre de 2015 fueron muy claros: los ciudadanos querían acabar con un bipartidismo de varias décadas que había conducido a España a un deterioro institucional sin precedentes, salpicado de cientos de casos de corrupción en los que estaban implicados no solo los dos partidos políticos principales, sino también muchos otros del arco parlamentario. Casi nadie se libró. La imagen de la casi totalidad de las instituciones políticas, con la única excepción de las Fuerzas Armadas y las Fuerzas de Seguridad del Estado llegó a mínimos nunca alcanzados durante todo el período democrático. La valoración de los líderes políticos principales no llegaba ni a los 3 puntos en una escala de 0 a 10 puntos. El pueblo español había soportado estoicamente unos recortes económicos que ni la clase política ni la financiera se aplicaron a sí mismos desde 2007. Aumentaron las desigualdades sociales y económicas, se redujo como nunca el estado de bienestar, la clase media se sintió estrujada, pero los partidos políticos, cada uno en la medida de sus cuotas de poder, siguieron aumentando el número de empleados públicos (personas de confianza nombradas a dedo) en lugar de reducir el volumen del sector público, como pedían desde Bruselas. A la vista de los resultados electorales cualquiera habría concluido que los partidos políticos habrían tomado nota y se habrían aprestado a abandonar las malas prácticas, para ganarse el respaldo y el favor de los ciudadanos. Pues no; pasaron seis meses de discusiones, de líneas rojas, de desencuentros, de vetos y de acusaciones, y demostraron que no habían aprendido nada, pues no fueron capaces de llegar a acuerdos para formar un gobierno estable, como suele ocurrir en cualquier país democrático de nuestro entorno. Los líderes de los principales partidos políticos no solo no dimitieron en la noche electoral por haber obtenido los peores resultados de su historia, sino que siguieron envalentonados como gallos de pelea, acusándose mutuamente de ser responsables de la falta de acuerdo, sin darse cuenta de que ambos eran responsables del bloqueo para lograr los acuerdos necesarios para formar un gobierno estable y con suficiente respaldo parlamentario. El resultado fue unas segundas elecciones, en junio pasado. Todos los que sabían algo de elecciones y de política advirtieron que los resultados no serían muy diferentes a los de seis meses antes, pero los partidos políticos no se detuvieron: más circo, más descalificaciones, más desacuerdos, más gasto. El pueblo español lo soportaría todo, como así ha sido. Y nos encontramos en el mismo lugar, con un parlamento variopinto, con unos parlamentarios que volverán a recibir ordenadores, tabletas, teléfonos y otros privilegios, gracias a los impuestos de todos los españoles. No parece probable que los que solo han estado seis meses vayan a devolver lo que recibieron y no han usado. Ni parece probable que los que repiten renuncien a todos esos «regalos» y privilegios por tenerlos «repe».

Como se esperaba, los resultados electorales de junio apenas han variado respecto a los de diciembre. Es cierto que el PP ha ganado unos pocos escaños y que el PSOE, Ciudadanos y Unidos-Podemos han perdido algunos, pero la situación es básicamente la misma. Y los partidos siguen con su estrategia de no querer pactar para formar un gobierno estable que pueda reformar la Constitución y la Ley Electoral. Antes muertos que sencillos!! Eso de llegar a pactos para formar gobiernos de coalición no es propio de españoles, eso queda para otros europeos, que no saben ni de política ni de buena vida a costa del erario público, es decir, de los impuestos de los ciudadanos. En esos otros países los políticos tienen la mala costumbre de dimitir, pero eso no va con nuestros políticos españoles. Aquí se ganan elecciones sin explicar programas ni decir ni una palabra sobre política internacional o nacional, se ganan vistiendo a la moda y con buen palmito. Y lo de dimitir parece que es de pusilánimes.

Lo que parece deducirse de esta situación es que el pueblo español pasa por todo, es un pueblo sufridor, sacrificado, que lo aguanta todo. Pero no debe olvidarse que a veces se produce la gota que colma el vaso y el pueblo se lía la manta a la cabeza. Pero no seamos negativos, seamos positivos y constructivos. ¿Qué pueden hacer nuestros políticos? Después de las elecciones de diciembre, igual que ahora después de las de junio, solo había dos alternativas posibles teóricas: un gobierno formado por las fuerzas constitucionales, es decir, PP, PSOE y Ciudadanos, o un gobierno de las denominadas fuerzas «progresistas», es decir, PSOE-Unidos-Podemos-partidos nacionalistas-independentistas. Cualquier analista político serio pudo llegar a la conclusión, después de ambas elecciones, de que el pacto «progresista» era imposible por muchas y variadas razones, pero imposible. Por tanto, después de ambas elecciones estaba muy claro que solo el pacto PP-PSOE-C’s era posible. Pero un sector del PSOE no lo ha visto así. Sin embargo, en un sistema parlamentario lo que se requiere es un pacto entre partidos, con independencia de sus líderes. Si los líderes no son capaces de liderar el acuerdo, los partidos tienen la obligación de retirarles de la escena. El PP tiene razón al decir que tienen derecho a gobernar. Pero por mucha razón que tengan o crean tener, no lo lograrán si no logran el apoyo de otros partidos. Y ese apoyo solo lo lograrán sin dan algo a cambio del apoyo. Si esos partidos niegan su apoyo a un líder, los partidos tienen otros, por lo que el problema se resuelve cambiando al líder. La oposición tiene derecho a no prestar su apoyo si no se atiende su petición de cambio de líder, pero no tiene derecho a imponer un líder, ni siquiera del partido que ganó las elecciones. Es el partido que gana quien propone al candidato a Presidente de Gobierno, y no los partidos que no ganaron, y si un líder es rechazado, se propone otro, si de verdad se quiere el apoyo de otros partidos, y así hasta que la oposición acepte el líder propuesto por el partido que ganó. Sería muy de agradecer que los partidos españoles aprendieran algo de procedimiento democrático parlamentario, basado en la negociación, en el toma y daca. Los resultados electorales imponen derechos y obligaciones morales, democráticas, a todos, ganen o pierdan. No se puede ganar perdiendo. Pero quien necesita algo tiene que ofrecer algo a cambio. Más claro, agua.

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