Margaret Thatcher, la Dama de Hierro (The Iron Lady) ha fallecido en Londres el lunes 8 de Abril de 2013. Fue Premier del Gobierno británico desde 1979 a 1990 y ganó tres elecciones generales consecutivas en Gran Bretaña, liderando el Partido Conservador. Sus principios personales, convicciones liberales y un firme compromiso de mejorar Gran Bretaña, con éxitos reconocidos, la han convertido en figura de referencia mundial en la promoción de la libertad individual, las libertades públicas y la libre iniciativa empresarial.
De familia de clase media, estudió ciencias químicas en el aristocrático Oxford; su vocación política y claridad de ideas la llevó a liderar desde 1975 el Partido Conservador y a ser primera ministro desde 1979. En 1990 su propio partido la removió como Premier y líder del partido a causa de la iniciativa fiscal del “poll tax” que había creado amplia protesta ciudadana.
Cuando llegó a primer ministro en 1979 Gran Bretaña se encontraba en una situación económica de recesión, con 2 millones de parados, desempleo creciente, unos sindicatos poderosos e intransigentes cuyas huelgas, y por motivos económicos o políticos, hacían perder en Gran Bretaña al año más de 25 millones de horas de trabajo; existía un desesperanzado ambiente socio político dominado por las ideas intervencionistas del socialismo laborista; Gran Bretaña había perdido peso en política internacional y su incorporación a Europa no generaba ilusión en la ciudadanía.
Thatcher fue, que duda cabe, una persona de principios. Principios plasmados en obras, que es mucho decir, en esta época de política dirigida por las encuestas. Probablemente sea su política económica y social la que más se recuerda, pues llegó al poder en una época de importantes cambios. Gran Bretaña en la década de los 70 sufría un grave nivel de paro, de estancamiento industrial y fuerte inflación, motivada entre otras cosas por las crisis del petróleo. A lo largo de los años 80, en tres mandatos sucesivos, luchó más contra la inflación que contra el estancamiento, fiel a sus principios liberales y el resultado fue espectacular para la economía británica.
Redujo el peso del Estado en la economía con las privatizaciones y pudo controlar el gasto público lo que se consideró una afrenta contra el pacto implícito de la segunda posguerra mundial, que suponía una importante participación del sector público como “Estado-madre”, es decir, redistribuidor, actor económico, garante del bienestar y de estabilidad social. Desarrolló la desregulación financiera, organizada con los estadounidenses, a la que se ha culpabilizado, en última instancia, de la reciente crisis de las subprime. Desmanteló los sindicatos y fue entendido, en algunos círculos, como una agresión de los derechos ganados duramente por los trabajadores en 150 años de lucha y la entrega del poder a las grandes corporaciones.
Y sus reformas funcionaron. Aunque el paro creciese inicialmente, la disminución de la inflación a tasas de un dígito, estabilizando la economía, la reindustrialización en sectores más competitivos, y los límites a la burocracia y al intrusismo económico estatal, permitieron volver a una economía saneada. El impacto de sus medidas se extendió a otros países y regiones: las privatizaciones en los países de la Europa del Este, pero también del sur del continente, beben, con mayor o menor éxito, de este ejemplo; en cualquier caso, el thatcherismo puso fin a las nacionalizaciones como política económica aceptada. Y Reagan, con quien tan bien se entendió, aplicó recetas similares en los Estados Unidos.
El impacto de Thatcher, en efecto, se dejó sentir a nivel internacional, y no siempre de manera positiva. La entonces Comunidad Europea tuvo que lidiar con su instintiva y profunda desconfianza hacia el proceso de construcción europea. Los ingleses siempre han desconfiado de los movimientos aglutinadores del otro lado de la Mancha; y han jugado al divide y vencerás. En las dos décadas anteriores a la llegada de Thatcher el Reino Unido se esforzó por entrar en el club europeo, atizó el euroescepticismo de sus compatriotas. Se la recordará por su “give me my money back!”.
Ese nacionalismo del que hizo gala en la Unión Europea fue también el que le permitió aprovechar un golpe de suerte: la invasión por parte de la sanguinaria junta militar argentina de las Islas Malvinas, colonia británica. Thatcher no dudó, recuperó las Malvinas y debilitó la dictadura argentina y lanzó su propia popularidad por las nubes. Consideró necesario un gasto militar importante del Estado mientras que, paralelamente, recortaba en otras partidas; Reino Unido mantuvo en marcha sus programas de disuasión nuclear. Eran otros tiempos, marcados por la Unión Soviética.
CONCLUSIÓN
Margaret Thatcher fue una británica de principios, con claras ideas liberales; en los años 80, marcó el camino hacia el mundo de la economía liberal y la democracia como referentes (casi) únicos. La Unión Soviética y sus satélites no resistieron el impulso económico, científico, moral, de Occidente y el referente comunista se hundió bajo el muro. El modelo liberal iniciado por Thatcher y Reagan no se ha completado: los sindicatos siguen fuertes, subvencionados; el peso económico del Estado no se ha podido racionalizar y siguen imperando las teorías económicas que abogan por luchar contra los ciclos sin preocuparse por déficits y deudas públicas insostenibles; ahora el socialismo se llama bienestar. Thatcher es un ejemplo y la recordamos.