Afirma Miguel Falomir que las obras sobre el 2 y el 3 de mayo de Goya, La Rendición de Breda de Velázquez y el Guernica de Picasso compondrían, con El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga de Antonio Gisbert (Alcoy, 1834 – París, 1901), la “galería de los grandes cuadros dedicados a la historia de España”. Y sí: como obra de arte es imponente y su significación política es máxima. Con ella se celebra (con un año de retraso) el 150 aniversario de la nacionalización de las colecciones reales en 1868. Ni la pintura (1888) ni el hecho que representa (1831) se corresponden con esa fecha pero Gisbert, se alega, fue el primer director del museo ya público y, además, esta es la única obra que el Estado ha encargado nunca para el Prado. Bueno, da igual. La exposición es tan emocionante que nos lleva a aceptar la endeblez de la coartada.
Los visitantes del Prado conocen bien el cuadro pues está siempre colgado en esa sala, aunque se aprecia ahora mucho mejor en la pared opuesta. Lo que es novedoso es su “documentación” por medio de un boceto a lápiz y una copia a tamaño reducido, unas estampas, la última carta que dirigió Torrijos a su esposa y otras pinturas: el retrato por Casado del Alisal del presidente Sagasta (comitente del cuadro), un retrato juvenil de Torrijos realizado en Londres por el duque de Rivas y Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo, de Gisbert. Dos son fundamentales. La primera es la carta, que fue adquirida por el Congreso y es exhibida en una urna. La yuxtaposición, inédita, del formidable cuadro de tonalidades cadavéricas que hielan la sangre -algo que se le reprochó en su día y que sin embargo es uno de sus mayores hallazgos-, con la íntima, cálida, trágica carta, resulta en un estallido de indignación y pena que nos hace ver aún más grandes a los gigantes representados en la […]
Un artículo de Elena Vozmediano publicado en EL CULTURAL el 5 de abril de 2019