Artículo publicado en EL PAÍS el 24/8/2015
Hace 10 años, Artur Mas participó en una tertulia de Cuatro. Llamaba la atención que en momento alguno expresase sus opiniones personales o como líder de partido. Era Cataluña la que hablaba por su boca: “Cataluña quiere esto”, “Cataluña nunca tolerará aquello”, etcétera. Al serle hecha la observación que resultaba impropio asumir esa condición de portavoz, siendo además el suyo un partido de oposición minoritario, quedó por un momento desconcertado. Le salvó otro contertulio, hombre de orden, protestando por el desacato de que era objeto el ilustre invitado. Pero tampoco hacía falta la crispación del Estatut. En un congreso celebrado en la Universidad de Ohio en 2000, el filósofo Rubert de Ventós, pasado al independentismo desde que en su estancia en la Corte como senador se sintiera forastero (sic),desarrolló todo un discurso de ruptura con España cuyo supuesto emisor era una y otra y otra vez Cataluña. Me permití preguntarle si es que Cataluña, al modo de la Virgen, se le aparecía todas las noches para darle a conocer sus pensamientos. Hoy Mas afirma que quien vote contra él, vota contra Cataluña.
El fenómeno es habitual en los nacionalismos radicales, pero hasta la década anterior fue minoritario en Cataluña, caracterizada precisamente por el pluralismo de su mapa político, la interacción entre corrientes progresistas y catalanistas, y el predominio claro del autonomismo sobre las corrientes soberanistas. Cierto que como advirtiera Pierre Vilar, la mitificación del pasado anterior a 1714 y el menosprecio de Castilla entre los intelectuales, se hallaban muy arraigados, sobre el telón de fondo bien real del desfase existente entre la modernización catalana y el atraso relativo de España. La frustración política adicional de la reforma del Estatut y la contienda lingüística crearon el clima para que del distanciamiento se pasase a la propuesta de fractura, alimentada además por una crisis económica que propiciaba la reivindicación de un “pacto fiscal”, esto es, la situación de privilegio disfrutada por Euskadi y Navarra. Tras el recorte estatutario por el Constitucional, bajo la bandera de “Catalunya és una nació”, la prensa impulsó la movilización del sector nacionalista de la sociedad civil y abrió la ventana de oportunidad política para que la burguesía catalanista diese el paso hacia la autodeterminación (disfrazada de “derecho a decidir”) y la independencia (“soberanía”), a partir de la Diada de 2012 (…)