Extracto de un artículo de Ignacio Sánchez Cámara publicado en ABC el 31 de julio de 2016.
[…] Hoy seguimos necesitando la forja de los Estados Unidos de Europa. Pero de una Europa fiel a sus raíces y a los principios que la constituyen, y que hoy se encuentra amenazada por una doble barbarie, una exterior (aunque, en buena medida, ya está dentro) y otra interior. La primera es visible y brutal; la segunda, apenas perceptible y aparentemente benigna, y, por ello, más peligrosa. Una mata los cuerpos; la otra aspira a apoderarse de las almas. La primera se combate con las armas de la fuerza (aunque no sólo con ellas); la segunda, con las de la inteligencia. Una es el terrorismo islamista; la otra, la barbarie intelectual y moral. Las dos habitan dentro de los límites de nuestras fronteras, aunque la primera proceda del exterior.
Todos hablamos de crisis, pero pocos se percatan de su profundidad. Nuestra crisis es, sin duda, económica y política. Pero esto pertenece al ámbito de lo más ruidoso y superficial. La crisis es, en su profundidad, cultural, moral y religiosa. Aquí se desarrolla la verdadera batalla. Por lo demás, la crisis económica y política, como es natural, posee raíces intelectuales y morales.
La crisis europea procede del abandono de lo que han venido siendo los pilares fundamentales de Europa: la sabiduría de la filosofía griega, el sentido del derecho de los romanos y la verdad de la fe cristiana. Ninguno de los tres es de origen europeo. Europa es, por voluntad propia, heredera y depositaria de ellos. Con ellos forjó su historia, y si los abandona dejará de ser ella misma. A estos tres cabría añadir la ciencia moderna, la democracia liberal y la Universidad, que es la institución de la inteligencia en busca de la verdad.
Frente al materialismo histórico hay que reivindicar la verdad del espiritualismo histórico. La base de toda sociedad, el suelo del que se nutre y vive, es moral y, en definitiva, religiosa. Y es esta base la que desde hace décadas (y tal vez siglos) se agrieta y desmorona. El sentido del derecho, la genuina filosofía y la fe cristiana se tambalean por obra del nihilismo. Este es la verdadera amenaza para Europa: el nihilismo emergente y, de momento, triunfante. Como siempre sucede, ha sido profetizado por las más claras inteligencias. La mayoría cree que vivimos inmersos en una gran civilización, pero asistimos a su crepúsculo. Pero, como Ortega y Gasset afirmó, el crepúsculo puede ser matutino o vespertino.
El nihilismo consiste en la negación del sentido de la realidad. Y como la cualidad del ser es la posesión de sentido (todo rebosa sentido), el nihilismo, en definitiva, niega el ser y, con él, la filosofía. Posiblemente, con precedentes griegos, surgió en Europa en el siglo XVIII. Más tarde, Nietzsche fue, quizá más que responsable, su genial profeta. La última acometida del nihilismo ha tenido lugar en los años sesenta con variadas manifestaciones, pero con una raíz filosófica o, mejor, cabría decir anti-filosófica: la teoría de la deconstrucción del posestructuralismo francés.
En contra de lo que suele pensarse, fenómenos como el totalitarismo, aunque se vistan con el ropaje de ideologías o creencias fuertes, viven, en el fondo, del nihilismo. Ambos se nutren de la negación de la condición personal del hombre, y esta es una de las primeras y principales consecuencias del nihilismo. Cuando se niega la verdad del sentido, sólo queda barbarie y violencia. Por eso, nada sería más torpe que culpar de la crisis a las religiones y, especialmente, al cristianismo. Por el contrario, siempre que Europa renuncia al cristianismo, se abandona a la barbarie. Tampoco es casual que los padres fundadores de la unidad europea fueran, en su inmensa mayoría, cristianos. […]
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Un artículo de Ignacio Sánchez Cámara publicado en ABC el 31 de julio de 2016