Un artículo de Arnal Ballester (EL MUNDO, 19/10/2016)

Patologías de la política española

Extracto de un artículo de Arnal Ballester, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Rey Juan Carlos, publicado en EL MUNDO el 19 de octubre de 2016.

No sólo los individuos pueden tener funcionamientos anómalos o incluso patológicos, también las conductas colectivas pueden verse caracterizadas por determinadas prácticas o realidades algo enfermizas. Al igual que es bueno en las personas detectar las enfermedades para poder superarlas, puede resultar de interés señalar o diagnosticar los males que padece nuestra realidad o praxis política.

De entrada, es útil recordar las patologías clásicas de nuestra vida política, que durante más de dos siglos nos han hecho sufrir bastante. En primer lugar, la excesiva presencia o intervención de los militares en política, ésta ha sido una patología que ha marcado la política española durante dos siglos. Sin embargo, y esta es la buena noticia, es una patología que hemos logrado identificar y superar. Así, hoy la institución militar es una de las mejor valoradas por los españoles, según indican desde hace bastantes años las encuestas del CIS.

Por tanto, la moraleja es que las patologías se pueden curar. Basta, como siempre, con un buen diagnóstico y un acertado tratamiento. Igualmente ha sucedido con las tensiones generadas entre la Iglesia católica y la vida política española. Han sido también dos siglos de encuentros y desencuentros. No obstante, también hoy la Iglesia católica no es un problema o disfuncionalidad de nuestra vida política: la Iglesia se dedica al cuidado de las almas, que falta hace y la política a nuestra vida en comunidad. Aquí también hemos progresado.

Sin embargo, hay otras patologías que todavía no hemos afrontado ni superado, siendo el primer paso necesario identificarlas. Al menos, señalaría cuatro. En primer lugar nuestra patología más clásica, que parecía algo mitigada, pero que ha reaparecido con fuerza: nuestra poca propensión al acuerdo y al entendimiento en cuestiones de interés general -políticas de Estado-. Hay un exceso de políticas de bloqueo y una marcada carencia de las vitales políticas de «tender puentes» en los grandes temas (política territorial, independencia judicial, lucha contra la corrupción, gestión eficaz de la Administración Pública, limitar la partitocracia y profundizar en la democracia, etc.). Ha sido ésta una característica enquistada en demasiados momentos de nuestra vida política. La mayor patología de la política es no saber tratar la discrepancia, no gestionar el conflicto. La vida, especialmente la política, es conflicto y hay que saber convivir con él. Igualmente, la convivencia humana -y también la política- es cesión, teniendo la habilidad o sabiendo hallar -o en su caso crear- los necesarios puntos de encuentro. La mayor parte de los proyectos políticos importantes -Unión Europea, Transición política española, por poner dos ejemplos- nacen de la cesión y del diálogo responsable y comprometido. Es importante recordar que en política el diálogo no es una elección, es una de las principales, sino la principal, obligación del buen político. Tal vez entre alguno de nuestros políticos hay un exceso de soberbia, de ego y personalismo, mientras sufrimos cierta carencia de responsabilidad y de la imprescindible humildad y vocación de servicio público, esencial para toda política, especialmente, para las políticas de Estado.

Una segunda patología preocupante de nuestra vida política es el exceso de corrupción. En contraste con nuestro entorno europeo, no son normales ni aceptables los niveles de corrupción que, de una forma u otra, invaden a la mayor parte de los partidos políticos, especialmente al PP y al PSOE, […]

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Un artículo de Arnal Ballester, publicado en EL MUNDO el 19 de octubre de 2016.

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