Buscar la verdad histórica es un principio liberal

El recientemente publicado libro “La gran desmemoria” cuya salida a la venta ha coincidido con el fallecimiento de Adolfo Suárez, es un empeño de contribuir a la verdad y toda búsqueda en tal sentido se corresponde con los principios del liberalismo que es siempre refractario a la manipulación histórica. Pilar Urbano se ha propuesto reconstruir el periodo crucial que fue la transición de una dictadura a la democracia y debemos concederle que lo hace desde un compromiso riguroso, desarrollado en nada menos que 862 páginas incluyendo las numerosas notas que detallan con precisión de cirujano el origen de su relato: quién fue su fuente, en qué documento sustenta la información y, en muchos casos, día y lugar en que obtuvo el dato. Podrá descreerse lo que pone en boca de personas fallecidas: testimonios del propio Suárez, de Sabino Fernández campo, de Gutiérrez Mellado, pero cualquier descreimiento desde la libre subjetividad del lector, en nada desmerece el trabajo de investigación realizado.

Libro de tal dimensión requiere cierto número de días para una lectura precisa, es decir, acudiendo a las notas aclaratorias y evitando lecturas diagonales y ligeras. Puedo dar, como ejemplo propio, que dedicando en torno a tres o cuatro horas diarias, su lectura lleva no menos de ocho días. Baste esta simple cuenta para poner en duda el que, en la misma fecha en que salió a la venta, se hicieran ya contundentes descalificaciones sobre el relato fundamental, esto es, lo que fue la Operación Armada que vino a provocar el intento de golpe del 23-F. La más dura de todas la lanzó Felipe González con una frase ni siquiera discretamente medida: -“miente más que habla” declaró, pero tan rotundo juicio resulta interesado, pues él mismo queda con muy dudosa estética ante hechos que la autora considera contrastados (de ética mejor no mencionarlo pues tenía una coartada política: cargarse a Suárez y para ello lo primero que hizo el PSOE de la época fue olvidar un principio sagrado del liberalismo, esto es, que el fin no justifica los medios).

Tampoco se quedó a la zaga en sus críticas Adolfo Suárez Illana, el hijo del fallecido, que adoptó el perfil de cortesano perfecto en el soñado papel de escudo de su soberano, para negar cualquier dato que pudiera erosionar al Rey. Hasta un liberal de laxa vocación republicana como Jiménez Los Santos ha clamado con fuerza ¡Por favor, que le hagan Duque! Porque resulta que el hijo ha sido arquetipo de la alabanza sin medida, justamente lo que no hizo su padre ni siquiera tras obtener el Ducado de Suárez, un ducado que soñó el hijo como primer varón, pero segundo descendiente, hasta que una oportuna Ley de la era Zapatero, equiparando los derechos de mujer y hombre, hizo heredera del titulo a Alejandra, que si da pruebas de ser inteligente y discreta, como nieta de Suárez e hija de la tristemente fallecida Mariam.

Una frase que Albert Camus pone en boca del emperador Calígula: “he comprendido que hay dos verdades y una de ellas ha de permanecer oculta” hace confesar a la autora que su discrepancia con esa afirmación ha motivado su trabajo para descubrir tramos de la historia que reclaman luz. Lo cierto es que el pensamiento de Camus se aplica en su obra a la figura de un tirano y los nacidos en la década de los 40 o 50 no ignoran que durante el franquismo hubo muchas verdades que se nos ocultaron. El propio Fraga fue cesado como Ministro por permitir que saliera a la luz un escándalo de corrupción, como el caso MATESA, que el sector más duro del Régimen, personificado en Carrero, consideró que no debía conocerse. Mas lo cierto es que en una democracia, por imperfecta que sea, el poder tiene los límites que ya advirtió uno de los grandes maestros del toreo, “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible” como así resulta de pretender mantener oculto lo que una periodista se ha esforzado en mostrar, poniendo el foco en la actuación del Rey desde tiempo antes de la entrada de Tejero y atemperando así la glorificación que se hizo de él, sobre todo a partir de esa fecha. Lo que hace Pilar Urbano en su relato es humanizar a los personajes en un contexto en el que imperaba el miedo, ese enemigo que siempre perturba las conductas. Y no solo eso sino que, además, todos los personajes, empezando por el indiscutible protagonista Adolfo Suárez, se describen desde la empatía que fue, por otra parte, la más excelente de sus virtudes cívicas, manifestada en la manera en que buscó caminos para el entendimiento con cualquier adversario y desterró de la conducta política el concepto de enemigo, como lo había sido en nuestro pasado como nación. Sin embargo, imponer en la escena el marco relacional e incluso conceptual entre todos los personajes, es una tarea que quiere reservarse siempre el director de la obra (como se auto designaba Torcuato Fernández Miranda) y que, en todo caso, corresponde aprobar al que promueve la obra (como el citado dijo del papel del Rey). De ahí que el primero no resistiera la autonomía que cobró Suárez, su actor elegido, y por eso se distanció de él con gran enojo. Y que el propio Rey no pudiera digerir, sin al menos fuerte pesadez de estomago, pasar de ser alguien que podría “tener el mismo poder que Franco, pero en Rey” según frase que registra la autora y que luego se complementa con la de “estoy obligado a bailar el chotis en una baldosa y sin pisar la raya”, mostrando abiertamente su disgusto con Suárez que es quien le termina imponiendo ese chotis metafórico para darle legitimidad como monarca constitucional.

Hay que intentar situarse de nuevo en aquel contexto integral para tomar conciencia de la dificultad que supuso para compaginar la transición política en tiempo acelerado, con una transición mental para asumir tal colosal cambio de la propia filosofía de unas conductas forjadas en años oscuros. Pilar Urbano desvela descarnadamente esas conductas pero lo hace sin ira, buscando incesantemente la verdad y –éste es su imperdonable pecado- sitúa a los grandes protagonistas del periodo ante un espejo y les obliga a escuchar lo que les dice el tipo que refleja el espejo. Y he aquí que no les resultará nada agradable de oír a cuantos ávidos de poder, con prisas unos por alcanzarlo incluso con atajos, con envidias otros de su propio partido hoy desaparecido, con miedo insuperable o laxitud de conciencia en otros, hubo amplia y numerosa disposición para lograr la defenestración de un Presidente elegido por el pueblo. Y ahora, tan a destiempo, un libro que no cambiará la versión oficial les hará recordar muy a disgusto que todos salvaron para la historia su imagen y su trayectoria, merced a la aceptación por parte de Adolfo Suárez de su propio sacrificio. Una paradoja final cabe señalar como homenaje al fallecido y es que un político del antiguo régimen fue el artífice de su desmontaje y el artífice de nuestro sistema democrático en el que, otra paradoja más, fracaso políticamente no sin situar al CDS en la Internacional Liberal que tuvo a Suárez como Vicepresidente.

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Acerca de Abel Cádiz

ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores. En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.

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