El Estado de las Autonomías podrá llegar a mantenerse, pero en todo caso parece abrirse socialmente una valoración social distinta de la que ha venido gozando desde su instauración en la Constitución. El modelo que se abrió paso desde entonces ha venido considerándose como algo deseable en cuanto tal, identificándose curiosamente con la democracia misma, como si, por ejemplo, el Estado centralista francés no fuera una democracia, y como si además los españoles hubieran de pronto entrado en un estado de amnesia olvidando nuestra historia de siglos donde lo democrático y liberal se asoció con las estructuras políticas de este mismo modelo francés. En cambio, se ha llegado a asociar la descentralización con la libertad incluso, con el progreso mismo, hasta con la cultura (de la “diversidad”). Es decir, fue incuestionable una valoración positiva del fenómeno, como si se tratase de un desideratum en cuanto tal y, aunque suene a broma, ni siquiera el catolicismo, pese a ser una religión, consigue el grado de verdad de que gozaron tales autonomías. Este fenómeno fue impulsado por el arraigo del vocablo “autonomía” por doquier, no solo en el ámbito regional: en lo local la autonomía, también en lo universitario, en los servicios públicos, en lo funcional, etc. Podrá esto estar bien o mal, me limito a describir un hecho.
Pues bien, incluso sin pretender sustituir el modelo, lo cierto es que, a mi juicio, con el tiempo se impone, cuando menos, una valoración distinta del Estado de las Autonomías que ha de verse, todo lo más, como un remedio al problema que suscitan algunos territorios a los que al parecer es preciso dar una solución de este tipo. Pero el desideratum sería seguir la constante histórica del “Estado liberal”. También en lo económico, que hoy prima, sería así. El caso es que, en tanto en cuanto se manifiesta lo autonómico, no es precisamente para hacer la estancia más agradable al español que viene de otro territorio. Y, si aún podemos trasladarnos con una cierta comodidad por el Estado, esto se debe a que lo “autonómico” no se manifiesta (menos mal) en todo su alcance. El problema es si, finalmente, tal modelo de autonomías va a servir realmente para resolver el problema aludido. Solo faltaría que el desenlace final de tal Estado de las Autonomías fuera encima secesionista, porque además de discutible el modelo entonces habría sido un fiasco, desde el punto de vista de la historia de España, que a la postre (me permito opinar) es lo que importa.
En todo caso, las “autonomías empiezan a relativizarse socialmente, cuando uno observa que, allí donde funcionan, son generalmente nichos de favoritismos y localismos, frente a la neutralidad que aporta la solución alternativa de la aplicación general de la ley sin interferencias. Lo cierto es que, por ello mismo, un Estado liberal propicia un mejor ajuste al Estado de Derecho, ya que éste se manifiesta mejor obviamente cuando se superan presiones locales en la aplicación general de las leyes. Éste fue su origen precisamente.